Tránsito

Hubo una vez un país donde existían cajas de ahorros. Entidades con clara vocación social, donde los ciudadanos depositaban su dinero y a las que podían acudir en busca de un pequeño crédito cuando la realidad apretaba más de la cuenta.

En ese país se estaba construyendo poco a poco y no sin esfuerzo un sistema social que intentaba ser justo, equilibrado. Sostenible. La cultura y la educación dejaron de estar al alcance de sólo unos pocos; se iban desdibujando en el recuerdo los días en que sólo los que más tenían podían enviar a sus hijos a la universidad. Incluso parecía que éramos capaces de pensar, de inventar. ¡Había científicos con grandes ideas, investigadores que hacían descubrimientos útiles para todos!

Parecía un país próspero, donde (casi) todos remaban en el mismo sentido en busca de un bien común. Pero fue una farsa. Un gigantesco escenario de cartón piedra tras el que acechaban ominosas criaturas esperando el momento adecuado para atacar. Mientras, afilaban sus cuchillos.

Disculpad mi ausencia de estas páginas. Asomarme cada día a los titulares se me hace cada vez más cuesta arriba, y he optado por dedicar todo mi esfuerzo al ensayo de un salto mortal que espero me abra las puertas de un futuro más esperanzado.

He encontrado nuevos amigos, y también he tenido que desear suerte y despedirme (espero que sea sólo un hasta luego) de otros, que tampoco le ven buena cara al futuro. Entre novedades y tristezas transito, esperando un poco más de estabilidad para retomar mi compromiso con este lugar de encuentro.

 


Desesperanza

Un suicidio. Una carta de despedida. “Dado que no tengo una edad que me permita responder activamente (aunque sería el primero en seguir a alguien que tomase un Kalashnikov), no encuentro otro modo de reaccionar que poner un fin decente [a mi vida], antes de tener que comenzar a rebuscar en la basura para encontrar comida.” Con esta nota manuscrita se despedía ayer Dimitris Christoulas, un farmacéutico jubilado de 77 años que se pegó un tiro en la sien frente a la sede del Parlamento griego, en la icónica plaza Sintagma.

Justo mientras me entero de esta noticia a través de Twitter, donde el nombre de Christoulas es tendencia mundial desde bien temprano esta mañana y empieza a convertirse en símbolo de resistencia como el de  Mohamed Bouazizi, escucho en Radio Nacional una entrevista con Gervasio Sánchez.

Tras abrir la puerta de la terraza como cada mañana, con mi zumo y mi café en la mesa y el mollete en la mano, me quedo sentada enganchada al hilo de esta voz que afirma que el “periodismo puro”, el que vigila el poder, es “tan importante para la sociedad como la educación o la sanidad”. Tras poner en evidencia las palmaditas en la espalda de los medios a sus políticos afines y lo que él llama “buzoneo de dossieres” en las redacciones, afirma que si trabajara en España tendría “la cabeza cortada hace ya mucho tiempo”. Porque, se pregunta, ¿quién es capaz de denunciar la corrupción de los dos grandes bancos españoles? ¿Las vergüenzas de Inditex que utiliza mano de obra barata en Asia? ¿La política laboral de El Corte Inglés? ¿A Repsol haciendo vergonzoso mercadeo en negocios con corruptos en África?

Hablando de la guerra tampoco se olvida de nuestros políticos, que “permiten vergonzosamente el tráfico de armas”:

“Todos lo han hecho. Felipe González aprovechó la guerra en Irán e Irak para vender armas a los dos países, incluso mandó barcos desde España con hojas de ruta falseadas para que no se pudiera saber. Aznar vendió armas a países que estaban a punto de meterse en guerras violentas como Venezuela y Colombia. El señor Zapatero no sólo ha rizado el rizo, sino que ha triplicado la venta de armas españolas; yo ya le llamo el mejor traficante de armas que ha habido en la historia de la democracia. Y, para más inri , el señor Rajoy nombra ya directamente a un vendedor de armas como ministro de Defensa.”

No puedo evitar tender un cable de conexión entre una y otra cosa, el suicidio de Dimitris Christoulas y las palabras de Gervasio Sánchez, porque las dos hablan de un mundo, un tiempo y un ahora, que habrá que seguir contando. Y que habrá que arreglar.


Huelga

Hoy el tema es obligado. Huelga general, la séptima de nuestra democracia. El flujo de información es constante desde primera hora de la mañana, abrumador casi: los medios tradicionales, los digitales, las redes sociales… Pasan tantas cosas, al mismo tiempo y en tantos lugares que no da tiempo a seguir el ritmo. Por eso yo esta mañana me he colgado la cámara al hombro y me he ido a dar una vuelta por las calles de mi pueblo. Aparte de los porcentajes que me den los informativos quería echar un vistazo de primera mano.

Eran poco más de las 10, hora de apertura para la mayoría de comercios. Ya antes, desde mi casa, había escuchado pasar coches de sindicalistas (supongo), pitando y con megafonía invitando a unirse al paro; y poco ruido de tráfico, en general, para lo que suele oírse a esas horas del día. Mi paseo comenzó por calles casi vacías, apenas un par de ancianas con sus carritos de la compra y algunas mujeres que volvían de su cita diaria con el ejercicio escuchando música en auriculares.

Muchas tiendas cerradas, la gran mayoría, hasta llegar a la Plaza de Abastos. Allí permanecían bajados los cierres de la zona de pescadería, mientras que en el resto de puestos había de todo: algunos cerrados y otros (los más, alrededor de un 60 por ciento) abiertos. Siguiendo hacia la zona comercial se veían cada vez más tiendas que abrían sus puertas; los grandes supermercados, que el otro día alguien comentaba que seguramente cerrarían “para quitarse de problemas”, también funcionaban con normalidad. Por cierto, una excusa interesante ésta (la de los supuestos “problemas”) que no llego a comprender en un pueblo como el mío, donde dudo mucho que alguien sufriera destrozos por abrir su negocio.

En pleno centro había varias tiendas cerradas, pero creo que se debía más a lo temprano de la hora que a un seguimiento real del paro. Un par de pegatinas en escaparates, y poco más. Los bancos, por supuesto, abiertos. Sí es cierto que había poco movimiento de gente comprando o haciendo gestiones, no sé nuevamente si porque apenas eran las 11 de la mañana o por un impacto real de la huelga.

Me confieso incapaz de ofrecer un porcentaje de seguimiento (aunque no creo que sea tan bajo como indica algún medio local que sí se tira a la piscina); sólo puedo aportar una percepción personal y por tanto muy subjetiva: poco tráfico -bastante, bastante escaso, al menos donde vivo-, menos gente de compras y tranquilidad absoluta en todos los sentidos con una especie de ambiente de “domingo de diario”, si se me admite el oxímoron. Mucha basura en los contenedores de las calles más periféricas; se ve que los servicios mínimos se centran en el centro, valga la redundancia. Y muchísimos locales a oscuras, pero no solo por la huelga sino también por los cada vez más frecuentes cierres de negocios que apenas despuntan cuando ya tienen que desistir de seguir intentándolo.

Por eso no puedo evitar preguntarme qué nos pasa, cuando tras estos años de crisis, cierres, despidos, subidas de horas y bajadas de sueldos no somos capaces de plantarnos todos a una. Trabajadores, autónomos y emprendedores, desempleados incluso. ¿Que no es el momento y tuvo que hacerse antes? Eso creo, pero no lo veo un motivo para invalidar lo justo de una protesta que considero necesaria ante un retroceso en los derechos del trabajador y un empobrecimiento progresivo de prácticamente todos nuestros bolsillos. ¿Que está politizada? Un argumento fácil y demagógico para rechazar cualquier postura con la que no se comulga.

¿Dónde está la España que admiraba a los griegos cuando se lanzaban a la calle, a la huelga, cada vez que tocaban su sistema de bienestar? ¿Dónde los que se miraban en el espejo islandés, capaz de procesar a sus gobernantes por una mala gestión de la crisis? No lo sé, porque cuando llega la hora de hacer algo, por pequeño que sea, nos “quitamos de problemas” y nos sacudimos el polvo de los zapatos sin mirar atrás.

Por cierto, una anécdota: el porcentaje de seguimiento de la huelga ha sido masivo en las panaderías de barrio. Al menos, todas por las que he pasado estaban cerradas. ¿Tendrá que ver algo el desgarrador documento sonoro que difundían ayer los Perros Callejeros?


Publicidad

Hace unos días fui al supermercado y compré unos yogures naturales de la marca Danone. Al principio me costó encontrarlos entre otros productos, ya que el diseño de sus envases ha cambiado a raíz de una nueva campaña publicitaria. “Con leche fresca de nuestros ganaderos” es el lema que aparece en la envoltura de cartón que rodea a los yogures, y en la que aparece aleatoriamente alguno de los productores españoles que suministran la leche para su fabricación. Justamente ese mismo día pude ver en televisión uno de los anuncios de esta campaña, en la que unos ganaderos navarros hablan sobre su día a día en una granja lechera proveedora de Danone.

La frescura del anuncio me llamó la atención, y volví a echarle un vistazo al paquete de yogures. En él incluyen, a través de un código numérico o directamente mediante uno QR, la información relativa a la granja de la que proviene la leche de esos yogures en particular. En el minisite de Danone pude comprobar que mis naturales azucarados estaban hechos con la leche de dos granjas andaluzas, El Pinar de Caulina (Jerez de la Frontera) y Las Arenas (Rota). Y también pude conocer a las personas que llevan estas explotaciones, cómo cuidan sus vacas y algunas pinceladas sobre sus métodos de trabajo.

Se trata de unos vídeos de excelente factura. Cercanos, con toques de humor, naturales y muy, muy cuidados. En ninguno de ellos se deja de afirmar que Danone recoge la leche diariamente, o que el bienestar de los animales es fundamental para conseguir una buena leche. Además, por supuesto, de dejar claro que el producto es cien por cien nacional. Nada se deja al azar, pero aun así son frescos, como dije antes.

La propia compañía facilita, al hilo de esta campaña, los datos de un estudio de elaboración propia según el cual “al 67% de los españoles le gustaría conocer el origen de los alimentos” mientras que “el 40% cree erróneamente que la leche de los yogures Danone procede de países extranjeros”.

Más allá del debate acerca de las grandes multinacionales, los canales de distribución (mientras más cortos, más sostenibles) y la responsabilidad tanto de las compañías como de los propios consumidores acerca de lo que compran, creo que esta campaña es todo un ejemplo de buen marketing. Atractiva, interactiva (hace un uso correcto de los recursos online) y sobre todo con el gancho emocional necesario para quedarte frente al televisor un par de minutos cuando ves sus anuncios.

Por cierto, de las dos granjas encargadas de la leche de mis yogures me quedo con la de los hermanos Beltrán, de Rota, quienes tienen claro que “la vaca es un animal muy agradecido”:

Y también he sabido algunas cosas más sobre Danone, como por ejemplo que fue fundada en 1919 en Barcelona por el sefardí Isaac Carasso o que su hijo Daniel murió a los 103 años tras haber convertido la marca en toda una multinacional con sus grandes instalaciones en París.


Lazos

Ayer asistí a la jornada sobre oportunidades de negocio en el sector periodístico que organizó la Asociación de la Prensa de Málaga junto con el CADE Málaga. Fue sólo una mañana, pero intensa y muy bien aprovechada. Tanto, que me ha dejado con mono de asistir a más eventos de este tipo, donde todos (asistentes e intervinientes) hablan el mismo lenguaje práctico. Y es que durante tantos años de periodista he tenido que sufrir demasiados encuentros en los que simplemente se trataba de cubrir un expediente, con ponentes-ladrillo y oleadas de verborrea inútilmente anquilosada sobre el tema de turno.

Comenzamos el día con la intervención de Alfonso Alcántara, para mí todo un descubrimiento. No conocía el trabajo de este coach y asesor, pero puedo asegurar que durante más de una hora nos embelesó a todos los asistentes con una ponencia divertida que además nos abrió los ojos en muchos aspectos; estoy más que segura de que todos los allí presentes aprendimos dos o tres cosas (seguramente muchas más), y que a todos nos aportó ese chispazo que comienza en el cerebelo y luego va asentándose como un buen poso del que seguramente sacaremos gran provecho. Tomando prestado uno de los símiles que utilizó, aunque no pueda aspirar a un trabajo cual unicornio inexistente (lo que me gusta, ganando mucho dinero y a corto plazo), espero pasar de gallina (picoteando aquí y allá) a humano, y tampoco convertirme en un mandril (con el trasero enrojecido y cara de estupor por estar todo el día frente al monitor).

Alberto de Azevedo nos puso sobre la pista de las muchas herramientas que los Centros de Apoyo al Desarrollo Empresarial ofrecen por toda Andalucía, también para periodistas y comunicadores que nos queramos lanzar a la aventura del emprendimiento. Ejemplos útiles y muchos años de experiencia puestos a nuestro servicio trufaron una ponencia necesariamente breve por motivos de tiempo; la mañana avanzaba y se quedaban cortas las horas para todo lo que se quería abordar.

La recta final de la jornada consistió en una mesa redonda con tres ejemplos para todos nosotros. Álvaro Abad nos contó de manera muy directa, poniendo sobre la mesa su propia historia de superación, cómo es posible sacar adelante un proyecto de vida basado en lo que mejor sepamos hacer y con los pies sobre la tierra. El ejemplo de COCOM Media, una productora audiovisual especializada en contenidos deportivos y televisión online, nos puso una sonrisa en la cara al compartir el éxito de una empresa nacida del empeño de varios compañeros periodistas que tuvieron la suficiente confianza en sus propias capacidades como para salir adelante, reinventarse y posicionarse en un mercado altamente competitivo y especializado. Bien por ellos.

Rafael Uceda desplegó todo su nervio y nos contó la realidad de un periodista que no trabaja como tal, sino como director de comunicación independiente para empresas e instituciones. Nos dio consejos tan útiles como que no hay que venderse por cuatro euros sino hacerse valer, o que un asesor de comunicación debe saber decir no a la empresa para la que trabaje. Y nos dejó la imagen de un profesional que disfruta con lo que hace, tan vivamente como un temperamental director de orquesta empeñado en llevar a buen puerto su pieza favorita. Yo, lo confieso, de mayor quiero ser como Rafa.

Cerró el turno de intervenciones Ángel de los Ríos, actualmente community manager en Diario Sur y especialista en marketing online. Con una perspectiva fresca pero muy realista, nos regaló algunos consejos (tips) para no perdernos en esto del social media y lo 2.0, no olvidar lo muy claras que debemos tener las cosas en nuestra cabeza para tener siempre presente lo más importante. “Cambio mil fans por cien lectores; qué digo, casi los cambiaría por uno solo”, afirmó convencido, en unos tiempos donde la lectura parece cosa del siglo pasado pero en los que sin embargo se lee más que nunca… aunque sea en una pantalla.

La mayoría de los enlaces que he incluido en este post llevan a Twitter. Esta red fue nuestro hilo de conexión dentro y fuera de la sesión de trabajo, con personas a las que nombramos, que no pudieron acompañarnos pero que sí estuvieron allí a través de las redes. Gentes como Nacho EscolarAna Santos, Mar Losada, Lima-Limón Creativos, Daniel Romero-Abreu, Sonia Blanco o Laura M. Guerrero. Y otros que sí estuvimos allí, como Ana Díaz del Río, Alberto Aguiar y Javier Martínez con su Taberna Global, Raúl Daguiler, Irene Piedrabuena, Yeiza Sarmiento, Carolina Porras, Pedro Delgado y, por supuesto, Laura informando para todos (seguramente me habré dejado a unos cuantos en el tintero).

Mientras asistíamos atentos a las ponencias que nos ofrecieron, en una especie de doble juego y con el hashtag #periodismomlg, los mismos que allí estábamos sentados intercambiábamos comentarios al hilo de tal o cual propuesta, conocíamos a otros colegas con proyectos interesantes, descubríamos nuevos modos de mirar Internet y, al fin y al cabo, hacíamos lo de siempre: conocernos mejor y comunicarnos.


Herramientas

Que el futuro del periodismo pasa por Internet es una obviedad. Ya hay muchos ciudadanos que conocen las noticias directamente a través de los trending topics de Twitter o mediante agregadores RSS para sus páginas favoritas, sin pasar por ningún periódico, radio o televisión. Poco voy a poder añadir yo que ya no se haya dicho a este respecto: lo que por un lado supone una gran libertad a la hora de configurar los contenidos que queremos obtener implica una gran responsabilidad a la hora de seleccionarlos, ya que no todas las fuentes son igual de fiables y al eliminar al periodista como intermediario se corre el riesgo de tomar por ciertas algunas mentiras.

Afortunadamente, la mayoría de los medios son conscientes de ello, y están haciendo grandes esfuerzos por no quedar fuera del flujo informativo cuyo mayor caudal se mueve hoy a través de Internet. Grandes nombres como la BBC, RTVE, Le Monde o Time, por nombrar sólo cuatro, han sabido reinventarse sin perder la esencia. Gracias a la tecnología podemos tener en nuestra cronología de Twitter los últimos titulares, vídeos o artículos, y sabemos que detrás de ellos hay profesionales, periodistas que han sabido contrastar sus fuentes y hacer su trabajo de interpretación y análisis. Si además podemos mirar de reojo el último vídeo de Lady GaGa o los sarcásticos comentarios de Ricky Gervais, ¿quién puede negar que las redes sociales son una excelente herramienta para mantenerse al día de lo que ocurre en el mundo de manera muy directa?

Quiero pensar que los periodistas todavía somos necesarios. Pero claro, hay que tener muy claro que el modelo ha cambiado. Sigue habiendo trabajo a la manera tradicional, pero vemos diariamente que es cada vez más precario, peor pagado y más aburrido que nunca. Acudir a ruedas de prensa, “tragar” el discurso preestablecido, cubrir las mismas noticias año tras año… todo eso forma parte de un sistema que va chirriando conforme se oxida. En el otro extremo se encuentran nuevos medios cuyo modelo de negocio se basa en la recopilación de materiales de terceros, agregándolos en busca de un buen posicionamiento web y ofreciéndolos de manera unificada al lector. Es el caso del Huffington Post, y este método corre el riesgo de convertir al periodista en un mero sindicador de contenidos.

Entonces, ¿dónde está la salida? ¿Dónde el futuro? Es una pregunta que se irá respondiendo por sí sola, cuando unas maneras de hacer las cosas se impongan sobre otras, cuestión de tiempo. Pero sí creo que hay algunas pistas para mantenerse en el camino:

  • Ante la rapidez de las redes sociales, contra la que es difícil luchar: análisis. Reflexión, trabajo y cosas interesantes que decir son las armas con las que un buen periodista puede atrapar a su público. El slow reading frente a la inmediatez del cambiante mundo internáutico.
  • Si no puedes con el enemigo, únete a él. Introduce poco a poco la interactividad con tu audiencia, si estás en un medio tradicional o muy rígido, las cuentas gratuitas en Twitter o Facebook son una opción asequible. Si, por el contrario, tienes capacidad de maniobra para implementar cambios de calado, echa un vistazo a las nuevas herramientas que van surgiendo día a día.
  • Elige bien tus contenidos. Siempre que puedas, relega las informaciones oficialistas y concede más tiempo o espacio a temas sociales de interés general, escondidos o con un trasfondo especial (científico, artístico o cultural, por ejemplo).

Y para terminar, un estupendo ejemplo de herramienta tecnológica al servicio del periodismo:


Concursos

La crisis ha llegado a los concursos televisivos. Ahora ya no se lleva nada eso de dar dinero a gente que demuestra vastos conocimientos en materias dispares, y muchísimo menos hacerlo en grandes cantidades (con contadas excepciones). Se trata de una tendencia que se extiende desde hace ya tiempo en nuestras televisiones, y que cada vez se ve más confirmada con nuevas incorporaciones a la parrilla y vueltas de tuerca sobre el género.

Quienes me conocen saben que tengo una relación especial con estos programas. De cualquier modo, siempre me han gustado, y muy especialmente los que basan su mecánica en los conocimientos del concursante. Quizá sea muy clásica, pero me admira ver a alguien que contesta con igual soltura quién fue la segunda esposa de Enrique VIII de Inglaterra o cuáles son las bases nitrogenadas que forman parte del ADN. Y no sólo eso, sino que si la dinámica del programa está compensada y el formato es atractivo, además me divierte. Cuando estudiábamos en la facultad, los concursos eran el típico ejemplo para ilustrar algunas de las principales funciones que debe desempeñar la televisión: formar y entretener.

Sin embargo, ahora proliferan los concursos en los que priman otros factores, sobre todo la suerte y en menor medida la habilidad física. No sé si será consecuencia de esta crisis, tampoco quiero sacar conclusiones precipitadas porque no tengo datos para afirmar que la tendencia esté relacionada con unos niveles académicos más bajos, por poner un ejemplo. Seguramente tenga más que ver con una nueva forma de ver la televisión influida por Internet, con espectadores que buscan lo visualmente llamativo y no la experiencia reposada de ver un buen programa de principio a fin.

 

 

Ahora acaba de volver a la parrilla televisiva todo un clásico, El Millonario. Lo presenta Nuria Roca, en La Sexta, y han cambiado tanto el formato que en mi opinión ha perdido toda la emoción del original. Seis concursantes compiten por una cantidad máxima de 100.000 euros en una especie de esfuerzo colaborativo que no es tal, ya que sólo uno podrá llevarse premio, mientras que cada vez que alguien falla va bajando la bolsa. No hay comodines, ni suspense de ningún tipo. En cada uno de estos programas hay, al menos, cinco personas que vuelven a casa con las manos vacías; a veces, les ocurre a todos los participantes.

¿Qué fue de los premios de consolación? ¿No merece alguna (pequeña) recompensa esta participación para grabar un programa que posteriormente se emitirá y presumiblemente reportará beneficios publicitarios a la cadena? Definitivamente, esta crisis se está notando en todo. Ahora no sólo los trabajadores y los funcionarios, también los concursantes televisivos se han convertido en carne de cañón.


Domingo

Hoy estoy muy orgullosa de pertenecer a esta profesión. Hoy mi amigo Guillermo Ortega publica una columna en la que nombra a esta humilde juntaletras, en su particular rincón de libertad que, por cierto, recomiendo visitéis cada semana. Yo lo hago, aunque tal vez no se lo haya dicho hasta hoy; acudo puntualmente a la cita en su patio gracias a las posibilidades que me ofrece Internet, ya que tendría bastante complicado agenciarme todos los domingos un ejemplar del Granada Hoy.

Guillermo es uno de tantos compañeros con los que he tenido la grandísima suerte de compartir oficio. Lo cual equivale a decir que hay cosas de las que no hace falta hablar para saber que estamos de acuerdo en ellas, otras muchas en las que nos reafirmamos aunque sea en la distancia y otras, por supuesto, en las que discrepamos de manera civilizada. Ahora que estoy fuera siento sin embargo que estoy más dentro que nunca. Ahora que no tengo que dejarme llevar por las prisas de las ruedas de prensa y los cierres, o incluso por la presión del “a ver qué saca hoy esta gente” (en este patio de vecinas que es la información local no se llega a hablar de exclusivas pero siempre hay mucho de ese mirar de reojo lo que hace el otro; y eso, para qué engañarnos, está feo); ahora, digo, creo que tengo más tiempo para reflexionar sobre lo que significa este oficio. Ahora puedo permitirme el lujo de compartir opiniones con ex compañeros a los que ya no veo casi a diario pero que sin embargo siento más cerca.

Y eso me gusta. Tanto como poder leer a Guillermo cada domingo desde la comodidad de mi salón y asentir a muchas de las cosas sobre las que tan certeramente habla. Saludos, compañero.


Oficio

Hoy he tenido una breve conversación a través de Twitter con unos colegas, al hilo de la nueva reforma laboral que nos regalará el Consejo de Ministros. Ante la impotencia de ver cómo las condiciones de trabajo se deterioran cada vez más, la conversación pronto derivó hacia nuestra profesión, vapuleada como la que más y siempre dispuesta a introducir todas las variables posibles para que el periodista rinda lo máximo con las mínimas garantías salariales. Porque en esto de los medios, el euro manda por encima de todas las cosas.

Acostumbrados a vivir sin horarios, los periodistas hacen de su lugar de trabajo una trinchera. Desde ahí bregan con comunicados, ruedas de prensa, declaraciones sobre temas que más a menudo de lo que debieran están vacíos de significado. Nadie que no haya tenido una grabadora en la mano podrá entender la desidia que te invade cuando estás registrando las palabras de un secretario provincial o un consejero hablando de “sinergias”, “la importancia de este sector estratégico”, “sostenibilidad” o “herramientas para combatir la actual coyuntura económica”, por poner algunos ejemplos.

¿Por qué nos convertimos en altavoces de semejante palabrería? ¿Qué aporta este tipo de discurso, a nosotros como profesionales y a la sociedad como destinatarios de nuestro trabajo? Absolutamente nada. Como mucho, servirá para alimentar la retórica huera del rival político de turno, que a su vez empleará su resobado y más que escuálido arsenal retórico para contestar en los mismos términos.

Muchos de nosotros trabajamos o hemos trabajado para pequeñas empresas. Nada de grandes conglomerados mediáticos enredados en los entresijos del poder y los grupos de presión; simplemente, emisoras o publicaciones que sobreviven a base de subvenciones y favores disfrazados de publicidad. Y para mantener la rueda girando, esto es, para llenar la página o la pieza, no hay más remedio que usar estas noticias que no son tales. ¿No le gustaría mucho más al lector, al oyente o al espectador saber de historias cercanas, curiosas, hermosas, tiernas, heroicas, tristes o indignantes? ¿Y no sería mucho más satisfactorio para el periodista emplearse a fondo en estos temas, aun a costa de dedicarles más horas de trabajo? Indudablemente, sí. Muchos alegarán lo fácil que es decir esto pero lo difícil que resulta llevarlo a cabo cuando diariamente tienes que sacar adelante un informativo, o simplemente intentar seguir viviendo de tu trabajo. Pero (y esto es un síntoma de que algo no funciona) no son pocos los compañeros que terminan desengañados y dedicándose a otra cosa para la que con seguridad no están ni tan motivados ni tan preparados. Porque encima, está mal pagado. Siempre habrá alguien más joven, con menos experiencia, que pueda trabajar más barato aunque sea a costa de la calidad. ¿Qué más da si la noticia está peor redactada o ni siquiera bien enfocada? La cosa es salir del paso, rellenar como sea y p’alante.

Yo quiero pensar que hay futuro para los periodistas. Pero desde el periodismo, no desde el negocio o desde la óptica del empresario. Porque aunque todos tenemos que comer, y los más aspiramos a vivir de una manera más o menos decente, un oficio cuya razón de ser es el servicio público y el control del poder no puede servir a intereses económicos o políticos. Así de simple.

Creo que somos nosotros quienes tenemos que empezar a cambiar las cosas. Intentarlo, al menos. Mantener libertad e independencia, en la medida de nuestras posibilidades y aptitudes. No alimentar la máquina de picar carne en que se han convertido los medios de comunicación, hasta los más pequeños; buscar caminos y salidas alternativas aprovechando esta increíble cantidad de recursos tecnológicos al alcance de nuestra mano, algo inimaginable para las generaciones anteriores. Recordar por qué nos hicimos periodistas, y buscar las historias que nos ayuden a serlo.


Democracia

Hoy se cumplen 20 años desde la firma del Tratado de Maastricht, pilar fundacional de la Unión Europea en el que se acordaban temas tan básicos como la cooperación policial y judicial y se establecía la unión monetaria en torno al euro como principal objetivo a conseguir. Además, desde Maastricht nos dimos el nombre de “comunidad”, un concepto que remite inevitablemente a la idea del patio de vecinos. Por desgracia, con la que está cayendo esta imagen aparece ya como algo demasiado inocente.

Justamente hoy Grecia ha vivido una nueva jornada de huelga general (ya he perdido la cuenta, sólo en 2011 tuvieron seis y ésta es la primera de 2012) y la Unión está pendiente de su respuesta a los nuevos requisitos para obtener una segunda remesa de ayudas económica. Entre otros, el control de las cuentas nacionales por parte de una especie de comisario europeo nombrado ad hoc, algo que suena a intevencionismo puro y duro. Y a quien tienen que rendir cuentas es a la tan traída y llevada troika, esto es: la Comisión Europea, el Banco Central Europeo (BCE) y el Fondo Monetario Internacional (FMI).

Ésta (troika) no deja de ser una de las típicas denominaciones que se popularizan en los medios de comunicación hasta que llega un punto en que deja de ser necesario explicarlas porque ya se extienden como una pegajosa marea negra de la que resulta casi imposible escapar. Es como cuando los periodistas deportivos hablan del trivote o como cuando todas las pateras se convirtieron en cayucos (otro día hablaremos de los tópicos periodísticos, que dan para mucho). Pero más allá del palabro en sí se esconde lo que, a mi entender, supone una tenebrosa realidad: dónde están los verdaderos centros de toma de decisión en Europa. Y, amigos, el poder económico gana 2-1 (porque, por supuesto, la Comisión es un órgano político no sometido a los vaivenes del mercado…).

Peter Watson, en su excelente ensayo “Ideas” que supone un ameno recorrido por la historia intelectual de la humanidad, nos cuenta los orígenes del concepto de democracia. La original, la que se inventaron los atenienses. Y al hacerlo, no puede resistir la tentación de hacer una referencia a nuestros días:

Para esta época [principios del siglo V a.C.],  había nueve arcontes en lo más alto; luego venía el consejo de los mejores hombres, o aristoi, que se reunía para discutir todas las cuestiones de importancia; y por último la asamblea popular (ekklesia, palabra de la que deriva “iglesia”). Solón transformó la asamblea, en la que se permitió que participaran también los comerciantes y no sólo los terratenientes [...]. Más aún, estableció que los arcontes tenían que informar a la asamblea de su año en el cargo y que únicamente aquellos cuya labor fuera considerada exitosa podían ser elegidos para el consejo de los mejores hombres. De esta forma, el sistema resultaba mucho más justo y abierto que en el pasado, y el poder de la asamblea aumentó de forma notable. (Esto de algún modo es una simplificación excesiva de la democracia ateniense, pero al menos deja muy claro que lo que en el siglo XXI llamamos democracia es en realidad una oligarquía electiva.)”

La negrita es mía, pero el paréntesis es de Watson. El concepto de oligarquía electiva lo toma prestado del estudioso Peter Jones y con él se refiere a que hoy con nuestro voto sólo podemos elegir entre unos pocos que tienden a ser casi siempre los mismos; porque las estructuras de poder están configuradas para que quien hoy se presenta a alcalde mañana ejerza de diputado y pasado se convierta en senador por obra y gracia de las urnas. Son una especie de aristocracia del poder pero sin las connotaciones positivas que originalmente tiene este término (los aristoi, esos “mejores hombres” que citamos arriba), ya que más bien tienden a las corruptelas y al clientelismo; y cuando no resultan elegidos (dentro, recordemos, de un sistema de listas cerradas que deja al votante todavía menos margen de maniobra), en lugar de marcharse son “reubicados” en algún departamento o secretaría general. Y ahí permanecen, siempre los mismos hasta que van dejando paso con cuentagotas a otros que perpetuarán el sistema.

Y ahora resulta que, por si no teníamos bastante con esta maquinaria viciada, esta oligarquía se pone de hinojos frente al poder económico. Elegimos entre pocos, y esos pocos pintan poco. Mientras, la rueda sigue girando, los engranajes intentando aplastar cualquier resquicio de cambio, y los bancos vendiéndonos productos que podrían parecer un mal chiste pero no lo son.

Actualización (9 febrero): excelente artículo en Yorokobu sobre el Consejo de Estado, al hilo de la oligarquía electiva.


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