Democracia Made in Europe

Hoy se cumplen 20 años desde la firma del Tratado de Maastricht, pilar fundacional de la Unión Europea en el que se acordaban temas tan básicos como la cooperación policial y judicial y se establecía la unión monetaria en torno al euro como principal objetivo a conseguir. Además, desde Maastricht nos dimos el nombre de “comunidad”, un concepto que remite inevitablemente a la idea del patio de vecinos. Por desgracia, con la que está cayendo esta imagen aparece ya como algo demasiado inocente.

Justamente hoy Grecia ha vivido una nueva jornada de huelga general (ya he perdido la cuenta, sólo en 2011 tuvieron seis y ésta es la primera de 2012) y la Unión está pendiente de su respuesta a los nuevos requisitos para obtener una segunda remesa de ayudas económica. Entre otros, el control de las cuentas nacionales por parte de una especie de comisario europeo nombrado ad hoc, algo que suena a intevencionismo puro y duro. Y a quien tienen que rendir cuentas es a la tan traída y llevada troika, esto es: la Comisión Europea, el Banco Central Europeo (BCE) y el Fondo Monetario Internacional (FMI).

Ésta (troika) no deja de ser una de las típicas denominaciones que se popularizan en los medios de comunicación hasta que llega un punto en que deja de ser necesario explicarlas porque ya se extienden como una pegajosa marea negra de la que resulta casi imposible escapar. Es como cuando los periodistas deportivos hablan del trivote o como cuando todas las pateras se convirtieron en cayucos (otro día hablaremos de los tópicos periodísticos, que dan para mucho). Pero más allá del palabro en sí se esconde lo que, a mi entender, supone una tenebrosa realidad: dónde están los verdaderos centros de toma de decisión en Europa. Y, amigos, el poder económico gana 2-1 (porque, por supuesto, la Comisión es un órgano político no sometido a los vaivenes del mercado…).

Peter Watson, en su excelente ensayo “Ideas” que supone un ameno recorrido por la historia intelectual de la humanidad, nos cuenta los orígenes del concepto de democracia. La original, la que se inventaron los atenienses. Y al hacerlo, no puede resistir la tentación de hacer una referencia a nuestros días:

Para esta época [principios del siglo V a.C.],  había nueve arcontes en lo más alto; luego venía el consejo de los mejores hombres, o aristoi, que se reunía para discutir todas las cuestiones de importancia; y por último la asamblea popular (ekklesia, palabra de la que deriva “iglesia”). Solón transformó la asamblea, en la que se permitió que participaran también los comerciantes y no sólo los terratenientes […]. Más aún, estableció que los arcontes tenían que informar a la asamblea de su año en el cargo y que únicamente aquellos cuya labor fuera considerada exitosa podían ser elegidos para el consejo de los mejores hombres. De esta forma, el sistema resultaba mucho más justo y abierto que en el pasado, y el poder de la asamblea aumentó de forma notable. (Esto de algún modo es una simplificación excesiva de la democracia ateniense, pero al menos deja muy claro que lo que en el siglo XXI llamamos democracia es en realidad una oligarquía electiva.)”

La negrita es mía, pero el paréntesis es de Watson. El concepto de oligarquía electiva lo toma prestado del estudioso Peter Jones y con él se refiere a que hoy con nuestro voto sólo podemos elegir entre unos pocos que tienden a ser casi siempre los mismos; porque las estructuras de poder están configuradas para que quien hoy se presenta a alcalde mañana ejerza de diputado y pasado se convierta en senador por obra y gracia de las urnas. Son una especie de aristocracia del poder pero sin las connotaciones positivas que originalmente tiene este término (los aristoi, esos “mejores hombres” que citamos arriba), ya que más bien tienden a las corruptelas y al clientelismo; y cuando no resultan elegidos (dentro, recordemos, de un sistema de listas cerradas que deja al votante todavía menos margen de maniobra), en lugar de marcharse son “reubicados” en algún departamento o secretaría general. Y ahí permanecen, siempre los mismos hasta que van dejando paso con cuentagotas a otros que perpetuarán el sistema.

Y ahora resulta que, por si no teníamos bastante con esta maquinaria viciada, esta oligarquía se pone de hinojos frente al poder económico. Elegimos entre pocos, y esos pocos pintan poco. Mientras, la rueda sigue girando, los engranajes intentando aplastar cualquier resquicio de cambio, y los bancos vendiéndonos productos que podrían parecer un mal chiste pero no lo son.

Edificio Berlaymont, sede de la Comisión Europea en Bruselas
Edificio Berlaymont, sede de la Comisión Europea en Bruselas

Actualización (9 febrero): excelente artículo en Yorokobu sobre el Consejo de Estado, al hilo de la oligarquía electiva.

Imagen de cabecera: Pavel P.
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