Concursos a costa de los concursantes

La crisis ha llegado a los concursos televisivos. Ahora ya no se lleva nada eso de dar dinero a gente que demuestra vastos conocimientos en materias dispares, y muchísimo menos hacerlo en grandes cantidades (con contadas excepciones). Se trata de una tendencia que se extiende desde hace ya tiempo en nuestras televisiones, y que cada vez se ve más confirmada con nuevas incorporaciones a la parrilla y vueltas de tuerca sobre el género.

Quienes me conocen saben que tengo una relación especial con estos programas. De cualquier modo, siempre me han gustado, y muy especialmente los que basan su mecánica en los conocimientos del concursante. Quizá sea muy clásica, pero me admira ver a alguien que contesta con igual soltura quién fue la segunda esposa de Enrique VIII de Inglaterra o cuáles son las bases nitrogenadas que forman parte del ADN. Y no sólo eso, sino que si la dinámica del programa está compensada y el formato es atractivo, además me divierte. Cuando estudiábamos en la facultad, los concursos eran el típico ejemplo para ilustrar algunas de las principales funciones que debe desempeñar la televisión: formar y entretener.

Sin embargo, ahora proliferan los concursos en los que priman otros factores, sobre todo la suerte y en menor medida la habilidad física. No sé si será consecuencia de esta crisis, tampoco quiero sacar conclusiones precipitadas porque no tengo datos para afirmar que la tendencia esté relacionada con unos niveles académicos más bajos, por poner un ejemplo. Seguramente tenga más que ver con una nueva forma de ver la televisión influida por Internet, con espectadores que buscan lo visualmente llamativo y no la experiencia reposada de ver un buen programa de principio a fin.

Ahora acaba de volver a la parrilla televisiva todo un clásico, El Millonario. Lo presenta Nuria Roca, en La Sexta, y han cambiado tanto el formato que en mi opinión ha perdido toda la emoción del original. Seis concursantes compiten por una cantidad máxima de 100.000 euros en una especie de esfuerzo colaborativo que no es tal, ya que sólo uno podrá llevarse premio, mientras que cada vez que alguien falla va bajando la bolsa. No hay comodines, ni suspense de ningún tipo. En cada uno de estos programas hay, al menos, cinco personas que vuelven a casa con las manos vacías; a veces, les ocurre a todos los participantes.

¿Qué fue de los premios de consolación? ¿No merece alguna (pequeña) recompensa esta participación para grabar un programa que posteriormente se emitirá y presumiblemente reportará beneficios publicitarios a la cadena? Definitivamente, esta crisis se está notando en todo. Ahora no sólo los trabajadores y los funcionarios, también los concursantes televisivos se han convertido en carne de cañón.

Imagen de cabecera: Sea Turtle
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