Tránsito

Hubo una vez un país donde existían cajas de ahorros. Entidades con clara vocación social, donde los ciudadanos depositaban su dinero y a las que podían acudir en busca de un pequeño crédito cuando la realidad apretaba más de la cuenta.

En ese país se estaba construyendo poco a poco y no sin esfuerzo un sistema social que intentaba ser justo, equilibrado. Sostenible. La cultura y la educación dejaron de estar al alcance de sólo unos pocos; se iban desdibujando en el recuerdo los días en que sólo los que más tenían podían enviar a sus hijos a la universidad. Incluso parecía que éramos capaces de pensar, de inventar. ¡Había científicos con grandes ideas, investigadores que hacían descubrimientos útiles para todos!

Parecía un país próspero, donde (casi) todos remaban en el mismo sentido en busca de un bien común. Pero fue una farsa. Un gigantesco escenario de cartón piedra tras el que acechaban ominosas criaturas esperando el momento adecuado para atacar. Mientras, afilaban sus cuchillos.

Disculpad mi ausencia de estas páginas. Asomarme cada día a los titulares se me hace cada vez más cuesta arriba, y he optado por dedicar todo mi esfuerzo al ensayo de un salto mortal que espero me abra las puertas de un futuro más esperanzado.

He encontrado nuevos amigos, y también he tenido que desear suerte y despedirme (espero que sea sólo un hasta luego) de otros, que tampoco le ven buena cara al futuro. Entre novedades y tristezas transito, esperando un poco más de estabilidad para retomar mi compromiso con este lugar de encuentro.

 

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