La lucidez de los 90

Harry Leslie Smith es un veterano inglés de la Segunda Guerra Mundial que sirvió en la Royal Air Force y que ha escrito varios libros sobre el tema. A sus 90 años sigue escribiendo y mantiene una envidiable actividad en internet: Twitter y Facebook son sólo alguno de los lugares donde se le puede seguir. Hace unos días, mi profesor de inglés me recomendó vivamente un texto escrito por Smith en el periódico The Guardian; su lectura me emocionó profundamente y me dejó noqueada por su sencillez y su verdad. Tanto, que no he podido resistirme a traducirlo y compartirlo a través de este blog (quienes quieran acudir a la fuente original pueden hacerlo en este enlace):

¿Es la Gran Bretaña de Cameron aquello por lo que luchamos en la guerra?

A mis 90 años soy demasiado viejo para luchar contra aquellos que buscan destrozar la civilización por la que derramamos nuestra sangre, sudor y lágrimas durante la Segunda Guerra Mundial

Cada año la lluvia de primavera cae intensa y torrencial sobre una tierra sedienta y hambrienta. La vida vuelve a nacer tras el largo sueño del invierno. La belleza de esta transformación cada año me escuece como si me pinchara un dedo con la espina de una rosa. Estos días que se alargan me recuerdan a otros tiempos, cuando era joven. Entonces los rayos del sol eran igual de cálidos y sensuales pero el esplendor de la naturaleza que volvía a nacer se empañaba de muerte. Era 1945, y Europa aún estaba atrapada entre las agonizantes garras de una guerra mundial cruel y despiadada.

Fue un conflicto que acabó con decenas de millones de vidas en batallas militares, bombardeos aéreos y puro y simple asesinato en masa. Durante cinco años de guerra, a través de la derrota y la amarga lucha, el calendario cambiaba desde los veranos húmedos a los frescos días otoñales, a la dureza del invierno y de nuevo al optimismo de la primavera. Mientras los relojes de cada casa y cada plaza de pueblo seguían avanzando, día a día, marcando nuestro tiempo mortal en esta lucha entre el bien y el mal, los soldados eran mutilados o asesinados a lo largo de todos nuestros frentes militares, los convoyes naufragaban en el gélido Atlántico Norte, las ciudades eran reducidas a escombros y los niños quedaban huérfanos y hambrientos.

La muerte avanzaba a lo largo y ancho del mundo, durante demasiados años al mismo tiempo que las temporadas de siembra y recolección. Éramos un mundo en guerra, y para nosotros los británicos el coste fue enorme en vidas perdidas y destrozadas. Pero no importaba, porque creíamos que la causa era justa y que, fuéramos de origen humilde o refinado, todos estábamos juntos en esta guerra. Fue esa fe común y compartida en nosotros mismos y en la idea de que la contribución de todos, grande o pequeña, era importante para el esfuerzo de la guerra lo que nos mantuvo en pie en esas horas oscuras. Fue lo que nos hizo perseverar hasta que nuestra suerte cambió y la guerra contra la Alemania nazi llegó a su sangriento fin en la primavera de 1945.

En aquellos emocionantes días previos a la paz, yo tenía sólo 22 años y estaba tan verde como la hierba que empezaba a brotar en los silenciosos campos de la matanza. Mientras viajaba desde la Holanda liberada hacia los desmoronados restos de la Alemania nazi, estaba seguro de una cosa: era un hombre afortunado. Tuve lo que entonces se llamó una “buena guerra” y no me sentía mal por haber sobrevivido. Había hecho mi parte y nunca rehuí las órdenes de quienes me pagaban, pero fui uno de entre pocos afortunados; la muerte me había eludido mientras servía en la RAF.

Me sentía bendecido por la suerte porque tantos otros –amigos, vecinos, familiares y completos desconocidos– no habían sido tan afortunados. Ellos nunca cumplirían 25 ni podrían echar raíces para formar una familia y disfrutar de los frutos de la paz. Sabía, como el resto de mis compatriotas, que los muertos habían sacrificado de mala gana su existencia para preservar la civilización para los que sobrevivieron.

Tal vez ésta es la razón por la que incluso ahora que tengo 90 años sigo acudiendo cada primavera al memorial de mi ciudad para contemplar los nombres desconocidos grabados en la piedra. Leo sus sencillos epitafios, sus edades, y me pregunto: ¿Qué habría pasado si estos jóvenes hubiesen sobrevivido? ¿Cómo habrían sido sus vidas? ¿Habrían encontrado el verdadero amor, la felicidad, una profesión satisfactoria y habrían tenido hijos sanos? ¿Se habrían sentido satisfechos con la democracia por la que ellos habían luchado tan generosamente? Hace casi 70 años desde que las armas de la Segunda Guerra Mundial dejaron de disparar y ya no estoy seguro de si los muertos estarían de acuerdo con que sus vidas fueran el precio a pagar por la sociedad de hoy.

Para mí, este nuevo mundo está mal, no tiene nada que ver con lo que los hombres y mujeres de la Segunda Guerra Mundial conseguimos con nuestra “sangre, sudor y lágrimas”. Parece tan frívolo, tan fácil, tan vulgar que nuestros políticos, nuestros líderes de opinión y nuestro complejo industrial-militar invoquen los nombres de las playas del Día D -Sword, Juno, Gold y Omaha- como si fueran el catecismo de la libertad, cuando nuestra libertad individual y colectiva está más en peligro ahora que nunca desde el final del nazismo.

De alguna manera hemos roto nuestra promesa solemne con aquellos guerreros y hemos olvidado que cuando los supervivientes de la Segunda Guerra Mundial regresaron a sus casas fueron como una marea que sacó a flote todos los barcos. La experiencia compartida de mi generación acerca del sufrimiento, de ser testigos de un genocidio y una limpieza étnica, y de padecer inenarrables privaciones tanto por parte de los soldados como de los civiles nos hizo estar muy pendientes de los dividendos de aquella paz. Sabíamos lo que nos merecíamos: un futuro que no se pareciera en nada a nuestro pasado miserable. Las “tierras verdes y placenteras” eran de todos tras la guerra porque todos habíamos sangrado y muerto por ellas. Exigíamos una sociedad verdaderamente democrática donde el mérito se recompensaba y nadie se quedara atrás a causa de la pobreza, una salud precaria o una educación insuficiente.

Tras la guerra revolucionamos el mundo occidental e introdujimos la idea de que todos los seres humanos merecían dignidad, libertad de movimientos, procesos justos ante la ley y redes de seguridad social para proteger a quienes se vieran afectados por problemas económicos. Sabíamos que el coste de no crear una sociedad justa era el fin de la democracia y sentenciar a una vida miserable a demasiada gente en nuestro país. Sabíamos que el precio de fracasar a la hora de crear y mantener una sanidad pública universal era el regreso a una sociedad de dos niveles donde unos pocos dominarían al resto.

Hoy, sin embargo, en un mundo donde nuestras reservas de riqueza son tan descomunales como todos los caudales de los ríos de la tierra juntos, nuestros políticos, instituciones financieras y grandes industrias nos dicen que no podemos permitirnos más estos derechos humanos por los cuales aquellos hombres sacrificaron sus vidas: la libertad de vivir con dignidad en una sociedad humanitaria. Los que llevan las riendas no dicen que ya no podemos vivir con lujos como sanidad pública, pensiones, salarios dignos, sindicatos y la mayor parte de elementos de nuestras redes de seguridad social.

A los 90 soy demasiado viejo para unirme a la lucha, demasiado viejo para salir de manifestación con una pancarta denunciando esta locura. Todo lo que puedo hacer es dar testimonio de mi tiempo y de nuestra heroica lucha contra Hitler y contra los hombres que quisieron destruir los fundamentos que hacen de la civilización algo soportable y digno para sus habitantes.

El problema de nuestra sociedad hoy no es la falta de dinero o la deuda sino la falta de ideas, la falta de compromiso de nuestro gobierno para darse cuenta de que quien les elige es el pueblo, no los banqueros de la City ni los dueños de los fondos de inversión cuya lealtad se dirige a sus libros de contabilidad y no a la comunidad. No sé si saldremos de estas tinieblas. Tal vez la humanidad simplemente vuelva a las cavernas de donde nuestros ancestros salieron porque fuimos intimidados por partidos políticos interesados y por sospechosos hombres de negocios. Espero que no, por el bien de las generaciones venideras, pero sólo hay una cosa de la que estoy seguro: si los políticos y los mandarines de los negocios de hoy hubiesen tenido el poder en 1939, jamás habrían tenido narices para luchar contra el nazismo. No habría habido ningún Dunkerque, ninguna Batalla de Inglaterra, ningún “momento de gloria”. Nuestros líderes de hoy, de cualquier bando, habrían permitido que las luces por toda Europa se fueran apagando, porque después de todo ésa habría sido la solución más barata y prudente contra la tiranía de Hitler.

(Traducción propia del texto de Harry Leslie Smith. Todos los derechos pertenecen al autor y a la fuente original del texto, The Guardian.)

 
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3 thoughts on “La lucidez de los 90

  1. ¿Y quién se atreve a rebatirlo? Tiene toda la razón, y además le apoya el irrefutable argumento de la experiencia. Los mandamases de hoy no han padecido ni la más mínima dificultad reseñable en su vida. Me produce náuseas recordar las frívolas referencias al nazismo y al totalitarismo de las señoras del PP… ¡Cómo si tuvieran la más mínima idea de lo que supusieron tales horrores para millones de personas! Este señor morirá, igual que recientemente lo hiciera otro sabio conectado al mundo real, José Luis Sampedro. Son los últimos coletazos, las últimas voces de alarma de quienes han vivido la historia que se empeñan en borrar. Necesitamos urgentemente que alguien, muchos “álguienes” tomen el relevo. Saludos.

  2. El peligro reside en la manipulación de los hechos ocurridos para construir una “Historia a la medida” del usurpador de turno. Siento vergüenza ajena de la situación actual y la putrefacción del sistema, con políticos incluidos, ante testimonios como este, de hombres que lucharon por un mundo más justo y que hoy contemplan tanta decadencia y manipulación.

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