Dentro del laberinto: «La casa de hojas»

Imagínate por un momento que tu casa es más grande por dentro que por fuera. Que entre sus paredes las dimensiones cotidianas de espacio y tiempo dejan de tener sentido. Que un día te levantas, entras al salón todavía medio dormido y encuentras un pasillo lleno de oscuridad donde antes sólo había una pared. Que ese pasillo mide cinco metros y medio pero mañana llega hasta los quince. Y que cuando por fin te aventuras en él, aunque sea pertrechado con medidores, brújulas y armas, nada es seguro. Todo es cambiante. Y amenazador.

Eso es La casa de hojas. Un libro en el que dejarte llevar sin cinturón de seguridad, al que entregarte durante sesiones de lectura prolongadas para terminar saliendo de él sonriente y con ganas de saber más. Al menos, a mí me ha pasado así.

Y llegas a internet y te das cuenta de que hay cientos, miles de páginas hablando, teorizando, maravillándose o echando pestes del libro. Sobre todo en inglés, ya que Mark Z. Danielewski lo publicó en su idioma original allá por 2000, pero no fue hasta hace unos meses que llegó a España merced al esfuerzo conjunto de dos pequeñas editoriales (Pálido Fuego y Alpha Decay) y al excelente -y complejísimo- trabajo de traducción de Javier Calvo.

Lo que más me gusta de La casa de hojas es que, más allá de la marea hipster que levanta a su paso, es sencillamente una novela de terror. De las de toda la vida, gótica y retorcida. Y de las que dan miedo de verdad. La noche tras mi primera sesión de lectura y mi primer encuentro con la casa estuvo poblada de sueños casi pesadillescos, que no recuerdo bien pero de los que aún conservo poso en alguna circunvolución escondida.

La casa de hojas(Imagen: neonow)

Hay una casa, por supuesto. Un manuscrito, una película documental, un escritor farsante, un loco que nos cuenta su vida, un elenco de personajes fascinantes y muchas, muchas notas al pie. Referencias, metarreferencias, lenguaje y metalenguaje; cientos de bibliografías que no encontrarás en ninguna biblioteca, montones de ensayos falsos y tratados filosóficos inexistentes; personajes ilustres inventados y otros reales pero con citas espurias. También hay erudición, un vasto conocimiento sobre mitos, géneros literarios y cultura pop, además de mucho sentido del humor y una visión cuanto menos irónica acerca del mundo académico y sus pretensiones intelectuales.

La casa de hojas es un espléndido armatoste compuesto por infinidad de piezas que pueden ser analizadas por separado (o no, porque no existen) pero que como mejor se disfruta es prestándose al juego que nos plantea, sin más. Como ya he dicho, son multitud las reseñas y comentarios sobre la obra que circulan por internet. Pero os recomiendo que le echéis un vistazo a ésta de su traductor, Javier Calvo, tanto por su interés intrínseco como por lo bien que cuenta algo que yo aquí sólo consigo embarullar.

Si tenéis ocasión, compraos este libro. Acogedlo en vuestra propia casa y empezar a leerlo, sin prisa pero sin pausa. Saludad a Johnny Truant y ayudadle en su empeño de buscarle sentido al mundo. Mandadle un buen deseo al viejo Zampanò, aunque sea un estafador, por habernos dado la oportunidad de asomarnos a la casa de los Navidson. Y no le busquéis tres pies al gato.

O sí.

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